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Grandes mujeres chilenas y desconocidas: Teresa Wilms Montt

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Teresa Wilms Montt nació en el seno de una familia burguesa de Viña del Mar en los últimos años del siglo XIX, siendo criada y educada rigurosamente para que se convirtiera en todo lo que debía ser: una mujer de familia.

Pero Teresa no sólo resplandecía por su indudable belleza, sino también por su carácter rebelde, que la caracterizará desde pequeña.

Con tan solo 17 años se casó con Gustavo Balmaceda Valdés, pese a la oposición de su familia y con quien tuvo dos hijas, Elisa y Sylvia Luz.

Llegó a vivir a Iquique en 1912, donde en pleno auge salitrero se vincularía con sindicalistas y feministas, llegando a ser catalogada como una de las primeras mujeres anarquistas de nuestro país.

Se adscribió a la masonería y rompió con todos los patrones conservadores y católicos que le inculcó su familia.

Teresa, que comenzó a vincularse a la vida bohemia y a los círculos intelectuales, deslumbraba; tenía desplante, elegancia, personalidad, belleza y un gran talento literario.

Bajo el seudónimo de Tebal hizo sus primeras colaboraciones a la prensa iquiqueña y, también en esta ciudad, comenzó a sufrir las consecuencias de los celos y el abuso del alcohol de su esposo.

Al volver a Santiago en 1915, y con la excusa de su relación con Vicente Balmaceda, pariente de su marido, es recluída en un convento tras el dictamen de un tribunal de familia que la declara interdicta.

Alejada de sus hijas, sin poder recibir visitas y casi sin poder escribir, Teresa cae en una profunda depresión que la lleva a intentar suicidarse el 29 de marzo de 1916.

Sin más ni menos, su amigo personal y admirador literario, Vicente Huidobro, la ayuda a escapar del convento y huyen a Buenos Aires, centro cultural y bohemio de Sudamérica en aquel entonces.

Teresa frecuenta círculos artísticos y se le vincula sentimentalmente con diferentes hombres, hasta con el mismo Huidobro, quien dicen la pretendía.

Es en la capital trasandina donde publica Inquietudes Sentimentales y Los tres cantos.

Luego de presenciar el suicidio de una de sus parejas se marcha a New York para colaborar con la Cruz Roja en el contexto de la Primera Guerra mundial. Debido a su apellido y aspecto, es apresada bajo la sospecha de ser espía alemana.

Cambia su rumbo, una vez más, y llega España, donde gracias a  Joaquín Edwards Bello, hace amistad con Gómez de la Serna, Gómez Carrillo y con Ramón Valle Inclán.

Con Valle Inclán genera un vínculo estrecho, ya que al igual que ella no vivía por el dinero y los lujos, sino más bien los despreciaba.

La situación económica de Teresa en España fue muy precaria, pero le confesó a sus cercanos haber sido feliz por el amor, los amigos y camaradas que allí encontró.

Bajo el nombre de Teresa de la Cruz publica En la quietud del mármol y Mi destino es errar.

En 1920 se establece en París donde se reencuentra con sus hijas, y tras la vuelta de éstas a Chile, se le desencadena una profunda depresión que la lleva a la muerte tras suicidarse con sobredosis de veronal.

La bella y errante Teresa, muere con tan sólo 28 años de edad.

“Mi sangre diez veces más noble, santa y estulta por los alambiques que ha cruzado…De noble, santa y estulta se ha vuelto fiera…¡Oh, sangre mía que fuiste azul y que hoy roja luces! Roja de infierno, de pecado, de revolución”.

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